El complejo cultivo de la alcachofa

Estamos acostumbrados a ver las relucientes y siempre verdes (o moradas) alcachofas esperándonos en la zona de verdulería del supermercado o servidas en un plato tras elaborarlas con una deliciosa receta. Pero ¿nunca os habéis preguntado cómo se produce esta hortaliza en el campo antes de ser distribuida?

 

Se trata de un complejo y elaborado proceso que comienza con la preparación del suelo, que debe ser lo más perfecta posible al tratarse de un cultivo bianual o trianual, y que tiene que estar acompañado de una elevada altitud y de un clima fresco en invierno y no demasiado agresivo para el producto. El terreno se prepara mediante labores profundas, que aseguren que la permeabilidad y la aireación del suelo sea elevada.

 

A continuación, entra en acción la fresadora, que se encarga de efectuar los pases necesarios para desmenuzar el terreno por su superficie. De esta forma se puede proceder a realizar la siembra de la semilla, que se puede hacer mediante trasplante o de forma directa, siendo este último el medio más utilizado en las zonas productoras americanas.

 

Los agricultores utilizan sembradoras de precisión que dejan caer de dos a tres semillas cada dos centímetros, con espacios de 60-90 cm en línea, cuyo ancho de marco varía entre el metro y medio y los dos metros. Cuando se hacen de 1,8 metros y se dejan tres semillas por cada dos centímetros en una línea con espacios de 60 centímetros, se necesitan aproximadamente 27.000 semillas por cada hectárea, aunque las temperaturas elevadas en el suelo pueden provocar que el porcentaje de germinación decaiga considerablemente.

 

Posteriormente se procede a realizar la plantación por esquejes, que consiste en la introducción en la tierra del tallo de la planta para reproducir o multiplicar la misma. También se puede hacer por hijuelos, que se suele producir en los meses de julio y agosto, trazando surcos separados entre sí (unos 0,8 o 1,2 metros, y entre plantas, 0,8 metros).

 

Se colocan dos hijuelos en cada golpe, con la intención de suprimir más tarde el más débil de ellos para dejar solo uno. Los plantones no deben enterrarse mucho al hacer la plantación, ya que, con ello, se corre el riesgo de que se pudran, y se pueden alcanzar densidades de 9000 plantas por hectárea.

 

Y, ¡alerta!, que, si la temperatura de la superficie del terreno es fría, no se debe trasplantar, debido a que el punto de crecimiento de la planta está localizado cerca de la superficie y el clima elevado puede afectar considerablemente.

 

El tiempo de duración de la planta es de aproximadamente dos temporadas (en algunas zonas son habituales incluso los cultivos anuales), en las que esta no se vuelve a arrancar, para separar si tiene varias raíces y volver a enterrar, hasta el segundo año en el campo.

 

Con unos tres o cuatro meses de crecimiento con los necesarios riesgos efectuados, el cronómetro del vegetal hace su primer ‘ring’ y se puede extraer la primera tanda de alcachofas, que pasan a clasificarse según tamaños y calidades. Dos o tres meses después, se puede recoger el segundo colmo de hortalizas siguiendo el mismo protocolo. Un trabajoso proceso, el cultivo de la alcachofa, que nos permite contar con las verduras más exquisitas y de mejor calidad en nuestra mesa.